ENTREVISTA
A ALFREDO RUIZ, AUTOR DE “¿NOS VOLVEMOS RACISTAS?”
¿Por
qué has escrito ¿Nos volvemos racistas??
Porque
en mi día a día, en las calles de mi ciudad y de otras
ciudades, escucho habitualmente comentarios racistas, y quería
investigar qué se escondía detrás de estos comentarios…
Porque desde hace tres años vivo en un barrio lleno de inmigrantes
y me parece apasionante intentar comprender cómo, en la actualidad,
conviven personas de 30 nacionalidades distintas y de diferentes estatus
económicos en un mismo barrio. Llámalo globalización
si quieres…
Porque he vivido en el extranjero y he sido inmigrante.
Y porque a veces me siento extranjero en mi propia ciudad.
¿De
qué trata ¿Nos volvemos racistas??
Trata
del impacto de la inmigración en un barrio concreto, donde vivo,
y creo que algunas de las conclusiones que plantea el libro son extrapolables
a otros barrios y otras ciudades.
Por otro lado, el libro está hecho desde la perspectiva del autóctono,
del que siempre ha vivido aquí. Puede ser catalán o andaluz,
pero a mí me interesaba investigar cómo la gente de aquí
ha vivido el impacto de inmigración, y me interesaba investigarlo
desde su día a día…
¿Qué
conclusiones has extraído?
Que
abundan los comentarios racistas pero que en general somos tolerantes
con el inmigrante. Lo cual parece contradictorio. Pero hacer comentarios
racistas no significa necesariamente que uno lo sea. En general, creo
que comprendemos al inmigrante, nos ponemos en su situación,
y que detrás de la mayoría de estos comentarios habitualmente
se esconde una queja encubierta de nuestra propia precariedad.
¿A
qué precariedad te refieres?
A la precariedad económica. En España cada vez hay más
ricos y más pobres. Nuestra pobreza va en aumento. Al mismo tiempo,
hemos recibido unas grandes bolsas de pobreza procedentes de otros países:
éstas generan un importante consumo de recursos a diferentes
niveles: sanidad, educación, bienestar social… La conclusión
es que no tenemos recursos suficientes para atender a nuestros pobres
y a los que vienen de fuera, a nuestros enfermos y a los que vienen
de fuera, a nuestros ancianos…
Pero también existe una precariedad social, por definirla de
algún modo. Para mí es tan importante la cuenta corriente
de una persona como la calidad de su vida. Lo que me lleva a plantearme
otras preguntas. ¿Cómo vivimos en nuestros barrios? ¿Conocemos
a nuestros vecinos? Si son inmigrantes, ¿nos relacionamos con
ellos?, ¿se relacionan ellos con nosotros?, ¿nos apoyamos
mutuamente?
Creo que la realidad es muy compleja, y cuando intentas comprender un
fenómeno, en este caso la abundancia de comentarios racistas,
enseguida encuentras conexiones con otros temas paralelos: entrevistando
a las personas que aparecen en el libro y hablando de racismo, han surgido
temas tan diversos como la especulación inmobiliaria, la falta
de ayudas sociales, la inseguridad ciudadana… ¿Qué
conclusión extraigo? Que a veces tendemos a culpabilizar al inmigrante,
pero que él no tiene la culpa de los problemas que de nuestro
país. Y también creo que detrás de muchos fenómenos
hay una explicación económica.
¿Por
qué?
En el tema que nos ocupa, los inmigrantes llegaron al barrio donde vivo
debido al bajo precio de la vivienda, como yo, y ahora muchos son expulsados
del barrio debido al aumento del precio la vivienda. Obviamente, los
vecinos del barrio (los de toda la vida), también sufren esta
presión y también son expulsados.
En este contexto de precariedad, es muy fácil que haya tensión,
porque la hay, y creo que un buen ejemplo de ello es la abundancia de
comentarios racistas. La precariedad económica es el caldo de
cultivo ideal para que se den conflictos. Ésta es la cara mala.
La cara buena es que en nuestros barrios hay muchas más personas
e instituciones de las que nos imaginamos trabajando para atender a
los ancianos, inmigrantes y jóvenes que más lo necesitan,
para ayudar a los que son víctimas del mobbing inmobiliario,
para conservar, en la medida de lo posible, el pequeño comercio,
para tener más seguridad en nuestras calles… En cambio,
estas iniciativas actúan de forma desunida en un barrio. No hay
un objetivo común.
Por parte del Estado, el gobierno autonómico o el Ayuntamiento
de turno, lo que hay es una gran lentitud a la hora de adaptarse a las
circunstancias. Hoy el mundo cambia muy rápido, también
la vida diaria de un barrio, y los que tienen poder de cambiar las cosas
actúan con gran lentitud.
Lo que quiero decir es que hoy la economía de un barrio no está
manos de sus vecinos. Hoy la economía no está en nuestras
manos. Mientras aumentan los beneficios del IBEX 25, cada vez hay más
pobres, autóctonos y extranjeros.
¿Qué
similitudes encontraríamos con tu primer libro, Guapos y pobres?
Que me he ceñido a la realidad que me rodea, y por tanto intento
retratarla rigurosamente. Por eso me baso en la entrevista. Eso desde
un punto de vista formal…
Lo que nunca imaginaba es que mi segundo libro tuviera tanta relación
con el primero. Con Guapos y pobres intenté retratar la precariedad
económica de ciertas personas que no parecían vivir al
límite de la pobreza. Al abordar la abundancia de comentarios
racistas lo primero que surgió, en boca de los entrevistados,
fue su precariedad económica. Curioso, ¿no?