ENTREVISTA A JAVIER GINER, AUTOR DE “EL DEDO EN EL CORAZON”


“…la soledad es muy jodida, pero puede que el amor lo sea más”. ¿Por qué crees que el amor duele tanto?
La soledad en sí misma es jodida y el amor una fuerza indescriptible, tanto para lo bueno como para lo malo. Jodie Foster, que es una chica muy moderna y lista, dijo una vez en una entrevista (no sé si realmente lo había pensado o le salió de corrido) que para ella comenzabas a ser adulto el día que te dabas cuenta que estabas solo y lo aceptabas. Para mí la soledad es la mayor enfermedad de este siglo y no hay cura para ella. Si te duele la cabeza, te tomas una aspirina, pero si está solo qué haces… ¿Rodearte de gente? Particularmente las ocasiones en las que más solo me he sentido ha sido en lugares abarrotados. No sé… es un demonio con el que estoy lidiando todavía. Normalmente hacemos cualquier cosa por no estar solos, incluso llegamos a engañarnos a nosotros mismos, autoconvenciéndonos de estar enamorados y lo único que conseguimos es hacer (nos) daño. Creemos que el amor es el antídoto de la soledad y descubrimos, normalmente tarde, que no es así. Creo que en esa huida de la soledad muchas veces nos equivocamos terriblemente, y un amor sin haber aceptado el hecho comprobado de estar solo, no es amor. Así de simple. Personalmente creo que cada vez amamos peor. La soledad y el amor en una misma ecuación puede ser una bomba mortífera. Algunas veces pienso que Hollywood debería hacer una peli donde los malos en vez de misiles utilizaran el amor como arma letal. Sería curioso comprobar las consecuencias.

“El Dedo en el corazón” ¿Por qué ese título?

Me inspira sensaciones placenteras y a la vez, una callada amenaza de algo doloroso: El dedo en el corazón como la expresión “el dedo en la llaga”. Aunque también me habría encantado desmarcarme y haber puesto un título que no tuviera nada que ver, muy basto y muy ordinario. Mi primer instinto fue titularlo Dolor, pero lo rechacé porque tampoco lo representaba fielmente. En mi libro hay mucho dolor, pero también mucha esperanza.

Harry Capote, Dorothy Parker, Dora Shepard, Hubert Selby Jr., “La geometría del amor”… Los guiños al cine y la literatura son una constante en tu novela

Los guiños que aparecen en el libro o bien son recursos para explicar a través de imágenes, o libros ya escritos, detalles del mío, dándole más cuerpo, o son guiños que están inmersos directamente en la historia orgánica que cuento, como la película que Elliot va a ver tras su divorcio.
Los nombres de algunos de los personajes (Capote, Shepard) son un juego infantil que me apetecía hacer, pero el capitulo de “Las últimas monedas” es una heredera de París, Texas; como escritor quería “homenajear” de alguna manera esa maravilla de guión, dejando claro el nacimiento de mi historia: dos personas que hablan por teléfono sin poder tocarse y que se aman profundamente. O La geometría del amor, como una colección de relatos alucinantes en los que la familia o el matrimonio están presentes continuamente, que es justamente de lo que trata “Haremos algo” (el capitulo en el que se menciona), del matrimonio. No sé, son juegos personales, que tampoco espero que el lector identifique, no es necesario hacerlo. Digamos, que son pequeñas pistas que utilizo para mi propio divertimento.

Tu lenguaje es muy cinematográfico ¿Hasta que punto te influye tu carrera a la hora de haber escrito este libro?

Yo crecí con el cine, he trabajado en el cine y si tuviese que elegir una de “las artes” me quedaría con esa. Aunque suene dramático, no entendería la vida sin el cine. Lo he consumido en todo tipo de formatos y situaciones. Llegaría a robar para pagarme una entrada (ríe). Desde mi infancia soy un lector compulsivo. Sin embargo, el auténtico placer lo sigo encontrando en ver películas. Por fuerza ha tenido que influirme muchísimo, más incluso de lo que yo quiero aceptar. Soy muy consciente de ello, y no intento esconderlo, todo lo contrario. Soy un autor mucho más interesado en las situaciones, en las acciones, en los sentimientos potentes, que en florituras barrocas creadas a través de la escritura. Intento describir situaciones que logren despertar algo dormido en el lector y no me entretengo en grandes y ampulosas descripciones acerca de edificios, muebles o las bragas de la protagonista. En mi libro pasan muchas cosas, continuamente, y los pensamientos y sentimientos están descritos en toda su crudeza. Para mi, eso es mucho más importante que el color y el material de la habitación en la que están ocurriendo las cosas. Y supongo que todo eso, es una herencia directa del cine donde tienes la presencia directa y los diálogos de los personajes y nadie te explica donde están, ni el color de su ropa, porque ya lo estás viendo tú. No me considero un buen escritor en ese sentido, creo que mi manejo de la lengua es limitado, y la verdad es que no tengo mucho interés en ese tipo de escritura. Evidentemente, desde el momento en el que elijo el libro como soporte para contar algo, soy consciente de que mi principal aliado es la palabra, no tengo nada más, pero la palabra la utilizo como un medio, no como un fin en sí mismo. Hay pocos autores, para mí maestros, que logren una unión perfecta entre ambas cosas, entre la descripción y la acción: Philip Roth, Alan Hollinghurst, Michael Cunningham… Pocos.

Madrid, New York y Michigan ¿Algún punto de conexión entre estos lugares?

Desde el punto de vista del argumento sí, pero eso tendrán que descubrirlo los lectores. Cuando comencé a escribirlo tuve claro que esta historia tenía que ser coral, quería ser capaz de presentar un crisol de culturas y espacios geográficos muy distintos en los que el lector pudiese comprobar que todos los personajes seguían patrones parecidos. En esa línea era importante situar el drama en dos urbes grandes y cosmopolitas donde el dolor pasa desapercibido pero es terriblemente punzante y, contrarrestarlo con un espacio casi bucólico, campestre, pero convertido en una plataforma para la pesadilla. Si te fijas, las historias más duras transcurren en la ciudad (Nueva York o Madrid) mientras que las que ocurren en Michigan son más dulces, donde los personajes se explican e interactúan movidos más por sus sentimientos que por su egoísmo vital. De cualquier forma, necesitaba conocer a fondo los ambientes que quería describir. En todos ellos he vivido a lo largo de mi vida. Me resulta muy difícil hablar de cosas que desconozco. Y puestos a elegir, no conozco una ciudad con más chicha dramática que Nueva York o Madrid (en la que vivo y padezco).

1985, 1986 y 2005 son las tres divisiones temporales que marcas en tu narración ¿Algún motivo en particular?

Me podría inventar una tesis diciéndote la importancia de las fechas, pero no. No hay ningún motivo en particular salvo querer terminar la novela en el presente. Al darme 2005 como fecha tope, sólo quedo tirar hacia atrás teniendo en cuenta las historias y edades de todos los personajes. Y así llegué a 1985.

El invierno parece tener un protagonismo especial en tu novela ¿Qué significado tiene el frío para ti?

El frío era esencial en este libro, desde un punto de vista físico y psicológico. Mi generación es la generación de la resaca, de la tecnología, del acero y de los colores plateados en todos los electrodomésticos. Nosotros hemos vivido las consecuencias directas de la “mañana siguiente”, que normalmente, es fría y solitaria. Nos ha tocado vivir la era del condón, de las nociones nocivas de las drogas… Somos una generación antiséptica y fría (en sentido físico y emocional). En esta novela era de capital importancia que los personajes y sus historias se parapetaran en un ambiente gélido. A mayor salvajismo en las historias, el frío se hace mas intenso. Un simple invierno con nieve se convierte en el epílogo (veinte años más tarde), en una helada sin precedentes, que parece anunciar que todo va a quedar destrozado. La meteorología es un recurso muy cinematográfico. En el cine es importantísimo saber en qué estación transcurre la historia. En mi caso, necesitaba esa helada para desproteger a los personajes en todos los sentidos. El frío es un estado incómodo para mí, soy tremendamente friolero, y supongo que he llevado esa sensación de incomodidad a los personajes, intentando que de ella saliese algo escondido. A mi se me pone mala hostia cuando hace frío y tampoco
soporto la frialdad en las personas. Yo soy todo tripas, demasiadas incluso. Nunca he podido entender a esos individuos que mientras ponen cara de póquer te está diciendo algo tremendo contención victoriana. No puedo con eso, no puedo con la contención victoriana (Ríe). Supongo que soy muy español en ese sentido. Ahora creo que ya he tenido suficiente frío por un tiempo, mi nueva novela transcurre en un Madrid asfixiado de calor.

¿Te sientes identificado con escritores calificados como “Narradores de la Generación X?

No, no reconozco las agrupaciones. En mi caso puede que lo más lógico hubiera sido escribir una novela generacional donde todos los personajes fueran jóvenes (si quitamos a los dos o tres personajes adultos, normalmente padres, que no entienden de qué va el tema) y en la que proliferaran desdoblamientos de múltiples personalidades confusas del adolescente medio, jóvenes que se pasan muchísimo, compradores compulsivos, pijos rebeldes u obreros de extrarradio, todos ellos personajes que se drogan mogollón, no paran de follar e incluso asesinan… Lo típico, una novela de un joven escritor desencantado, irónico, punzante y escéptico. Pero la idea en sí, me aburría tremendamente. En mi primer libro hay sexo, hay drogas, hay rebeldes e incluso la muerte está presente, y sin embargo para mi sorpresa hay una ausencia de personajes jóvenes per se, en los que yo me definiría directamente. Desde el comienzo, supe que mi libro iba a ir por otros caminos. No me interesaba en absoluto dar un testimonio de mi tiempo o de mi generación, ni escribir sobre los jóvenes de Madrid de hoy en día. Lo que tenía claro que quería era llegar al centro mismo de las cuestiones planteadas, no quedarme en su capacidad de perturbar o crear polémica, sino entenderlas, desnudarlas, y después explicarlas con otros recursos, lo que a mi opinión las hace mucho más perturbadoras e incómodas. Por ejemplo: no creo que haya demasiada diferencia entre las motivaciones de Harry Capote que tiene cincuenta y tantos años (en mi libro) y el protagonista de “Historias del Kronen”, para mí la edad es una variable, pero no la más importante. La soledad es igual de jodida para todos.

Leyendo tu novela crecer da miedo pero envejecer da escalofríos ¿pesimismo realista?

No creo que se trate de un libro pesimista ni depresivo ni nada parecido. Quizá se le podría tachar de amargo. Los personajes y situaciones de la novela no son pesimistas en si mismos. Odio los personajes autocomplacientes que emplean toda su energía en quejarse. Todos los personajes de “El dedo en el corazón” son fuertes caracteres que luchan por lo que quieren, estemos o no, de acuerdo en ello…Todos ellos aceptan su destino, incluso lo provocan, son personajes llenos de una fuerza interior que les lleva a buscar y pelear por su lugar en el mundo. Creo que esa lucha es el motor de la vida. De hecho, las últimas palabras del libro resumen perfectamente esta tesis: o te mueres, o continúas el viaje, no hay más opciones. Lo que te depare la carretera, eso ya no lo sé, lo importante, es el viaje en sí. De todos modos, parece que hay un miedo generalizado a las historias duras. Nos hemos vuelto muy comodones en ese sentido, y eso no me mola nada. Si no nos gusta, miramos para otro lado haciendo que no existe… No considero que eso sea una forma realista de vivir. Fácil sí, y posiblemente práctica, pero escondiendo los problemas lo único que hacemos es retardar su efecto, no eliminarlo.

De todos los personajes que describes ¿Serias capaz de escoger uno? ¿Hay alguno especial para ti?

Paso (se ríe). Me resulta muy difícil hacer eso. Me gustaría quedarme con todos. Te confesaré que hay un personaje al que le tengo un poco de tirria, pero no te digo cuál. En cierto modo, todos ellos me representan (desde el más cálido al más desagradable). Creo (o al menos me gustaría pensar) que todos quedan muy bien definidos, no a través de clichés, de los que conscientemente he intentado alejarme lo más posible, sino por sus propias acciones que, aunque muchas veces resultan contradictorias, terminan siempre siendo comprensibles. Me interesa mucho esa especie de dicotomía del ser humano, me parece que habla muy alto sobre nosotros. Esos momentos donde te mueres por decir te quiero y sin embargo de tu boca sale algo en plan: ¿te llamo a un taxi y te piras? (Ríe)

¿Cuáles son tus referentes o influencias?

Me considero tremendamente ecléctico, incluso rozando la personalidad múltiple. Me molestan terriblemente términos como el de “segunda movida madrileña”, pienso que las etiquetas cada vez son más obsoletas y mis influencias van desde Bach y Philip Roth a Fangoria y Burroughs, desde la música clásica hasta el punk más guarro. Algunos días me levanto pensando que vivo varias vidas diferentes en una sola. Mi editora, que es muy salada, me comento mientras seleccionábamos el retrato que pondríamos en el libro: “es que tienes muchas caras dentro de ti Javier, eres la única persona que conozco que un viernes está bailando en calzoncillos en un garito y al día siguiente está en la Filmoteca viendo una peli de Bresson como si nada…” Y tiene razón. Antes me preocupaba esa especie de dispersión en el gusto e intentaba obligarme a encauzarme en algo concreto (si vas a ser punk, tienes que ir así, si quieres ser nerd, pues lo otro…). Ya he dejado de luchar contra ello. No necesito explicarme. Me gustan Fellini, Lynch o Almodóvar pero también Bergman, David Lean y Nora Ephron. Si me gusta Roberta Marrero y Caetano Veloso, o si me encanta Sam Sheppard y Alan Hollinghurst… Será así. Paso de comerme el tarro. También tengo muy claro lo que no me va. Eso es importante. Por ejemplo, detesto el house.

¿Cual seria la banda sonora de tu libro?

La banda sonora perfecta de este libro vendría firmada por Tom Waits, Eleni Karandiou, Astrud y Cat Power

¿Autobiografía o ficción?

Ficción autobiográfica. Estoy presente en todos los personajes, muchos de sus sentimientos son míos, no así sus actos, pura ficción, aunque frecuentemente tengo la sensación de querer ir más allá. Esa curiosidad la he matado con este libro, trabajando con historias donde las personas llevan su soledad, su obsesión, al límite, incluida la autodestrucción. Con ello no quiero decir que la respuesta esté en ser práctico, clínicamente independiente… para nada. Después de escribir este libro sigo pensando que sin riesgo no hay victoria. Para mi la única respuesta es seguir caminando sabiendo que es uno mismo el que elige el camino por donde va, con todas las consecuencias… En fin, volviendo al tema de la autobiografía. Desde el primer párrafo tenia claro que me iba a dejar las tripas en el libro, sin ningún tipo de pudor. He pasado un año, mientras escribía, concentrado en la soledad y en el dolor per se, y eso, valga la redundancia, ha sido por momentos profundamente doloroso. Este libro está hecho de mis tripas, tal cual. Siempre pensé que si quería que el lector hiciese este viaje conmigo, tenía que basarme en algo muy real. Quería conseguir que el lector no sólo entendiese, sino que empatizara completamente con todos los personajes que presento y la única manera que se me ocurrió para conseguirlo fue tomarme a mi mismo como referencia, mis sensaciones más íntimas, mis pensamientos más ocultos y a la vez, más reales. El libro no es autobiográfico en los hechos que narra, sino en los sentimientos más desgarrados que se describen en él. Ese desarraigo, esa soledad, esos miedos, esa desesperanza, esa alegría, esa tenacidad, esas necesidades, son todas mías, ficcionadas en el cuerpo de otras personas y otros lugares, pero mías al fin y al cabo.


Isabel Coixet tiene muy buena opinión de tu libro, o al menos eso es lo que parece leyendo la contraportada de El dedo en corazón.


Lo considero un lujazo. Isabel es una mujer a la que admiro con locura, como cineasta, como escritora y como mujer. Es tremendamente valiente y creativa y tiene una cultura increíblemente extensa. No sé de dónde saca tiempo para dormir. La biblioteca de su casa parece la de un palacio. ¡Lo tiene todo! Y lo mejor es que se lo ha leído… Lo que ha logrado ella sola vale kilos. Cuando leí lo que había escrito sobre el libro me emocioné, porque vi que me había entendido a la perfección. Le estoy inmensamente agradecido, se lo he dicho ya, pero lo repetiré hasta la saciedad (Ríe). Me encanta el subtítulo que utiliza “El dedo en el corazón” (y el corazón en un puño). Un lujazo.

¿Da vértigo presentar un primer libro?

En un país como el nuestro da vértigo incluso ir al váter. Me da miedo no ser entendido, que el lector no se sienta identificado con nada de lo que cuento. Me siento un poco como el invitado a un baile de etiqueta en el casino de Madrid que aparece en pelotas al grito de: ¡aquí estoy yo!

Un libro que te haya dejado sin palabras en el último año.

“La línea de la belleza” de Alan Hollinghurst. Absolutamente increíble. No cuenta mucho pero es sobrecogedor. Ese hombre es un genio. Y “Cuentos completos” de Truman Capote, la edición de Anagrama, una auténtica joya. Debería ser de lectura obligada antes de cobrar el paro (ríe). Tanto Quijote, tanto Quijote, deberían celebrar otros libros, o poner otras citas en Huertas…

¿Tu próximo proyecto?

Conseguir financiación para rodar un corto que he escrito: una historia cómica muy negra, en tono de film noir, que transcurre íntegramente en un parque de juegos infantiles donde la femme fatale es una niña de doce años, además de estar metido hasta las trancas en mi próximo libro y escribir un cuento de navidad para un recopilatorio que prepara mi editorial, un clásico, de buenos sentimientos y todo eso, pero en un espacio completamente equivocado. Será muy tierno, ya verás.

 

 

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